Wednesday, November 18, 2009

Déspotas virtuales

Por Moisés Naím

El Comité para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio ya tiene 500 miembros y está creciendo rápidamente. Lo puede encontrar en Facebook, el sitio de Internet donde todo es posible. Ahora les cuento más sobre el Comité Antivicio. Sitios como Facebook ayudan a reencontrar viejos amores y a hacer nuevas amistades, a organizar fiestas y buscar trabajo. También sirven para luchar contra las dictaduras, denunciar a políticos corruptos o recaudar fondos para salvar la vida de un niño enfermo. Con sus 300 millones de usuarios que se comunican en 68 idiomas, Facebook es el más popular de los nuevos vehículos creados gracias a Internet. Los micromensajes enviados por Twitter, los blogs, YouTube, Flickr y otras tecnologías similares también están cambiando el mundo. Es tentador pensar que todo esto no puede sino tener efectos liberadores y positivos. Los monjes budistas de Myanmar (antigua Birmania), los estudiantes antichavistas de Venezuela o los opositores a Ahmadineyad en Irán han potenciado su impacto político con estas nuevas tecnologías. Las utilizan para reclutar nuevos miembros, coordinar sus actuaciones, mostrar los abusos de los déspotas, llevar a miles de personas a la calle o recaudar fondos. La Red es buena para la democracia y mala para los dictadores.

¿Estamos seguros de esto? No. Evgeny Morozov, uno de los más lúcidos analistas del impacto político de Internet, nos recuerda que "la historia demuestra que las nuevas tecnologías suelen ayudar a todas las fuerzas políticas por igual, no sólo a las que tienen las intenciones más nobles o democráticas". A pesar de esto, la suposición dominante es que los Gobiernos, especialmente los más autoritarios, están perdiendo terreno frente a redes de activistas cibernautas hambrientos de democracia. Pero la realidad es que Gobiernos como los de Rusia, Irán, China o Cuba ya no se limitan a leer subrepticiamente los correos electrónicos de sus ciudadanos, a bloquear el acceso a ciertos sitios de Internet, censurar la búsqueda en la Red de palabras o nombres de personas u organizaciones disidentes o simplemente suspender temporalmente el servicio de telefonía celular. Todo esto sigue pasando, pero las tiranías también aprenden y los Gobiernos autoritarios ya no son los cibertontos que eran tan sólo hace un par de años. La nueva sofisticación en el uso de Internet con fines represivos es espeluznante. El Gobierno chino cuenta con 280.000 personas dedicadas a identificar chats donde se discuten temas que el régimen cree inconvenientes. Estos funcionarios intervienen en los chats presentándose como simples participantes. Pero su misión es la de sabotear la conversación, introduciendo otros temas, confundiéndola o abrumándola con una avalancha de mensajes. El Gobierno les paga 50 centavos chinos por cada palabra que escriben. En Rusia, el Kremlin financia nuevas empresas de Internet que diseminan mensajes de apoyo al régimen o que sabotean los sitios en la Red que lo critican. Recientemente, un jefe policial en Moscú reconoció que él y sus colegas son ávidos lectores de los mensajes en Twitter. "Eso nos permite enterarnos de lo que está pasando, quién está diciendo qué, conocer sus planes y reaccionar inmediatamente", dijo.

Internet ha dado más posibilidades y aumentado la agilidad de los activistas democráticos, pero también les ha dado nuevos y poderosos instrumentos represivos a los regímenes autoritarios. Según Morozov, "el activismo en Internet es más fácil de estudiar y controlar que el activismo físico y en la calle. ¿Cuál es la ventaja de lograr, gracias a una convocatoria vía Twitter, que 100 jóvenes activistas iraníes se concentren en una plaza a protestar si el Gobierno lee esos mismos mensajes y así se entera de quiénes son estos jóvenes?". Además, los Gobiernos hoy pueden comprar las más avanzadas tecnologías para intervenir comunicaciones telefónicas o mensajes electrónicos, detectar patrones de conducta y estructuras sociales en la Red, así como penetrar los ordenadores de sus enemigos políticos.

Crecientemente, los activistas internautas terminan apaleados o encarcelados y, sin quererlo, sirviendo de valiosos colaboradores del régimen al suministrarle a través de los mensajes electrónicos interceptados los nombres e intenciones de sus aliados. Los cibertontos de hoy ya no son los Gobiernos autoritarios, sino los activistas cuya pasión por la libertad y desesperación ante los abusos de los tiranos los lleva a fiarse demasiado de la privacidad de sus comunicaciones vía Internet. ¿Y el Comité para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio? Es la iniciativa en Facebook de la policía religiosa de Arabia Saudí.

Moisés Naím es director de la revista de Foreign Policy. Se publicó este articulo en el diario español El País.

Tuesday, November 3, 2009

Dinero contra burócratas

Por Moisés Naím

Sucedió de nuevo. La recuperación económica se produjo antes de lo esperado y fue tan sorprendente como el súbito colapso financiero. El trimestre pasado, la economía estadounidense creció al 3,5%. A comienzos de año, los titulares anunciaban que estábamos a punto de entrar en una depresión peor que la de los años treinta y que el estancamiento duraría una generación o más. Ahora sabemos que los expertos, los gobiernos y los inversionistas que no vieron venir el crash tampoco vieron venir la recuperación de la economía mundial. Claro, los pesimistas creen que la recuperación no es tal y que una nueva caída es inevitable. Los alarman -con razón- los enormes déficit fiscales, la deuda pública, las altas y crecientes tasas de desempleo y un sistema financiero aún muy frágil. Pero mientras los preocupados se angustian, las economías más importantes del mundo están creciendo más y mucho antes de lo que ningún experto había anticipado. Lo mismo sucedió durante los muchos accidentes financieros de la década de 1990. En Asia, América Latina y en Rusia, la recuperación fue tan rápida y tan sorprendente como los accidentes mismos. Pero si bien es obvio que la reanimación económica es preferible a la recesión prolongada, una rápida recuperación también tiene su costo: le quita a los políticos las ganas de hacer cambios necesarios para evitar futuras crisis.

Así pasó en las crisis financieras anteriores y me temo que volverá a ocurrir ahora. En el clímax de la crisis, los gobernantes de los países más influyentes se reunieron de urgencia y declararon que "fortalecer la arquitectura del sistema financiero mundial" era una prioridad. También anunciaron su compromiso de "reducir los riesgos de crisis recurrentes en el futuro y mejorar nuestras técnicas para responder a las crisis cuando ocurran". ¿Suena bien, verdad? Lástima que éste es el texto exacto del comunicado emitido por los líderes del mundo hace una década, cuando se reunieron en Reino Unido para decidir cómo responder a la crisis financiera asiática.

Poco después de esa cumbre, las economías asiáticas sorprendieron a todos cuando comenzaron a crecer a gran velocidad, eliminando la presión de reformar el sistema financiero. Así, diez años y una gran crisis después, los líderes de ahora siguen prometiendo reformar las finanzas globales. Y, al igual que a sus predecesores, a ellos también la recuperación les está quitando las ganas de ir a fondo con las reformas. Esto no significa que no habrá cambios. Los bancos estarán más controlados, los pagos a sus directivos tendrán topes y los paraísos fiscales serán más vigilados. Pero estas y otras nuevas reglas no se aplicarán de la misma manera en todas partes. Cada país tendrá su propia legislación, interpretará las reglas a su manera y las ejecutará con distintos niveles de entusiasmo. Los reguladores de la banca en Alemania, por ejemplo, tendrán motivaciones algo distintas que las de, digamos, sus colegas de Mónaco. O de Rusia.

No va a haber una nueva arquitectura financiera global, sino una combinación de pocas y tímidas iniciativas multilaterales y muchos cambios a nivel nacional. Esto será así porque, si bien el dinero responde cada vez más a incentivos globales, los gobiernos siguen dependiendo de sus realidades locales. Y la regulación bancaria no sólo la determinan criterios técnicos, sino que, en todas partes, resulta de un proceso esencialmente político. Por tanto, el resultado será un sistema financiero mundial, donde el dinero seguirá operando sin fronteras mientras que los gobiernos seguirán operando primordialmente dentro de sus jurisdicciones nacionales. Este irregular mosaico mundial de reglas creará extraordinarias oportunidades para los especuladores. Los gobiernos podrán controlar a los bancos tradicionales y a otras empresas financieras. Pero no a todas. Ni todos los banqueros serán empleados de empresas reguladas por los gobiernos, ni los más ambiciosos y talentosos de entre ellos se quedaran trabajando en los bancos donde el Gobierno limita su remuneración. Va a aparecer, por tanto, un nuevo sistema financiero "en la sombra" que, sin ser ilegal, va a obtener inmensas ganancias gracias a las nuevas reglas. Un sistema mundial de regulación financiera formado por diferentes sistemas nacionales inevitablemente tendrá brechas, contradicciones e incongruencias. Aprovechar, por ejemplo, una oscura e ininteligible regla contable en Tailandia que crea oportunidades en Holanda, donde la regla es distinta, será un negocio muy lucrativo. O crear fondos de capital destinados a "arbitrar" las distorsiones producidas por las incongruencias regulatorias entre distintos países. Y hay muchos expertos financieros con el conocimiento, los contactos, las tecnologías y el capital que sabrán encontrar y aprovechar estas oportunidades para hacer mucho dinero. Hasta la próxima crisis.

Moisés Naím es director de la revista de Foreign Policy. Se publicó este articulo en el diario español El País.

Monday, October 12, 2009

El excremento del Diablo

Por Moisés Naím

El petróleo empobrece. Los diamantes, el gas y el cobre también. Los países pobres que cuentan con abundantes recursos naturales suelen ser subdesarrollados. Esto ocurre no a pesar de sus riquezas naturales, sino debido a ellas. ¿Cómo puede ser que la riqueza natural de un país perpetúe la pobreza de la mayoría de sus habitantes? Debido a un fenómeno conocido como "la maldición de los recursos naturales".

Hay países que logran conjurar esta maldición. Noruega o Estados Unidos, por ejemplo, son a la vez petroleros y desarrollados. Pero son excepciones que no sólo confirman la regla, sino que también ilustran los antídotos contra esta maldición: democracia e instituciones que limitan la concentración del poder. Además, para neutralizar la maldición también es necesario mantener la estabilidad económica, controlar el gasto público, ahorrar para los años de vacas flacas, diversificar la economía, impedir la concentración del ingreso y evitar que la moneda del país sea demasiado costosa comparada con las de otras naciones. Los países exportadores de recursos naturales que no adoptan estas medidas empobrecen y maltratan a la gran mayoría de su población. La tragedia es que pocos logran evitar estos nocivos efectos. ¿Por qué?

La maldición de los recursos es como una enfermedad adictiva: le quita a la víctima la voluntad de curarse. Los grupos más poderosos de estas sociedades no tienen muchos incentivos para luchar contra los efectos perversos de la excesiva dependencia de los recursos naturales. Los efectos son perversos para el resto de la población, no para las élites. Éstas, por el contrario, se benefician de la situación.

El venezolano Juan Pablo Pérez Alfonzo, uno de los fundadores de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), fue el primero en llamar la atención sobre esto. El petróleo, dijo, no es oro negro; es el excremento del diablo. La intuición de Pérez Alfonzo ha sido rigurosamente confirmada. Desde 1975, por ejemplo, las economías de los países ricos en recursos naturales han crecido menos que las de los países que no exportan principalmente materias primas.

Peor aún, en los países afectados por la maldición, los beneficios del crecimiento económico se concentran en pequeños grupos políticos, militares y empresariales. Además, su moneda se encarece con respecto a las de otras naciones, lo cual frena las exportaciones de todo lo que no sea el recurso natural que tienen en abundancia. Esto, a su vez, inhibe la diversificación de la economía y condena a los países a depender cada vez más de las exportaciones de su principal materia prima. En el caso del petróleo, el crecimiento que este genera no crea puestos de trabajo en proporción a su peso en la economía. Así, en los países cuya principal exportación es el petróleo, esa industria genera más del 80% de los ingresos totales, pero tan sólo el 10% del empleo. Inevitablemente, esto aumenta la desigualdad económica.

Dado que los gobiernos de los países exportadores de materias primas no dependen de los impuestos de su población para financiarse, sus líderes pueden darse el lujo de ignorar las exigencias y necesidades de sus ciudadanos. Éstos, a su vez, desarrollan relaciones tenues y parasitarias con el Estado. Además, cuando mucho dinero público es controlado por pocos individuos que no rinden cuentas al resto de la sociedad, la corrupción es inevitable. Las similitudes de países tan diferentes como Rusia, Irán o Venezuela no son una casualidad. Son el resultado de la maldición.

Es muy difícil sacar del poder a gobiernos ricos en petróleo que, además, tienen la posibilidad de usar sus vastos recursos financieros para comprar o reprimir a sus opositores. Las estadísticas demuestran que es mucho menos probable que un país petrolero autoritario se transforme en una democracia de lo que resulta para una dictadura que no cuenta con abundantes recursos naturales. Las estadísticas también confirman que, en todas partes, las autocracias petroleras gastan más en armas y ejércitos y son más propensas a tener conflictos armados.

Esto no quiere decir que los países pobres con abundantes recursos naturales estén condenados al subdesarrollo. Chile y Botsuana son extraordinarios ejemplos de países menos desarrollados que a pesar de ser exportadores de materias primas han escapado de la maldición. Sus experiencias confirman cuáles son las vacunas que protegen a un país contra sus efectos. Pero ¿por qué estos países estuvieron dispuestos a vacunarse y otros no? Nadie sabe. A quien encuentre la respuesta a esta pregunta habría que darle el premio Nobel. No el de Economía. El de la Paz.

Moisés Naím es director de la revista de Foreign Policy. Se publicó este articulo en el diario español El País.

Monday, October 5, 2009

Europa: ¿museo o laboratorio?

Por Moisés Naím

Ésta no es la pregunta que aparece en los referendos en Europa. Pero es la pregunta que los europeos se están tratando de contestar.

¿Serán su cultura y sus tradiciones las principales fuerzas que impulsarán a Europa? ¿O lo será más bien su capacidad para inventar nuevas formas de gobernarse, integrarse entre sí y relacionarse con el resto del mundo? ¿Dependerá la Europa del futuro más de sus museos, orquestas y restaurantes o de sus fábricas, laboratorios y universidades? Ésta es por supuesto una caricatura de los dilemas y posibilidades de Europa. Europa siempre será una potencia cultural y también seguirá teniendo fortalezas científicas, industriales y militares. Pero como toda caricatura, la visión de una Europa museo en contraste con una Europa laboratorio sintetiza dos futuros muy diferentes. La Europa laboratorio no se refiere principalmente a sus capacidades científicas sino a su capacidad para experimentar con nuevas formas de gobierno; con nuevas instituciones, políticas públicas y reglas de conducta.

Sobre esto acaban de votar los irlandeses. La primera vez que se les preguntó - el año pasado- dijeron que no. Ahora dijeron que sí. ¿Pero a que dieron el ? A que Europa tenga un líder a tiempo completo, en vez de depender, como hasta ahora, de una presidencia que se rota cada seis meses entre los jefes de Estado de los 27 países miembros. El nuevo presidente durara dos años y medio en el cargo y podrá ser reelecto una vez más. Felipe González y Tony Blair son fuertes candidatos a ser los primeros en ocupar este cargo. También votaron a favor de tener un sistema más justo de votaciones para la toma de decisiones colectivas, para que cada país miembro tenga un representante en la Comisión Europea, para mejorar el funcionamiento del Parlamento Europeo, para que haya un represéntate de Europa ante el resto del mundo con un mandato más claro y con mayor autoridad y varios otros cambios por el estilo, todos los cuales le darán algo más de eficiencia y transparencia al funcionamiento de la Unión Europea. Muchos de estos son cambios burocráticos aburridos, complicados de entender -y de explicar-. Por eso es que los opositores irlandeses prefirieron basar su campaña para el referéndum en enfatizar que de votar a favor se estaría apoyando la rebaja del salario mínimo, la legalización del aborto y el envío de militares irlandeses a Afganistán entre otras maldiciones escondidas en el Tratado de Lisboa, el acuerdo que contiene las reformas propuestas. Los votantes no les creyeron y apoyaron abrumadoramente al .

Este voto tiene menos que ver con el entusiasmo por los cambios institucionales propuestos que con la convicción que a Irlanda le va mejor cuando se alinea con Europa y que a Europa le va mejor cuando se integra más intensa y eficientemente. Pero el referéndum irlandés no culmina el proceso de adopción del Tratado de Lisboa, ya que aún falta que Polonia lo ratifique y que las tácticas dilatorias del presidente de la República Checa, Václav Klaus, no prosperen. Pero de ser aprobado, Europa tendría un nuevo diseño institucional en 2010. Estas innovaciones no son el equivalente político al descubrimiento de la cura contra el cáncer ni la formula mágica que resolverá los graves problemas estructurales que tiene que enfrentar Europa. Pero será un paso positivo para enfrentar mejor lo que le viene a los europeos. Y lo que les viene no tiene precedentes.

Según las estimaciones del historiador y premio Nobel de Economía Robert Fogel en el año 2000, en Europa vivía el 6% de la población mundial y su economía abarcaba el 20% del total mundial. En China e India vivía el 38% de los habitantes y sus economías representaban el 16% del total. Fogel estima que para el 2040, Europa albergará sólo el 4% de la población mundial y su economía será un minúsculo 5% del total. En cambio, China e India llegarán a tener al 34% de la humanidad y sus economías se habrán expandido hasta alcanzar el 52% de la actividad económica mundial.

Desde esta perspectiva, el garantizar que Europa enfrente de manera unida, eficaz e innovadora sus relaciones con el resto del mundo es un requisito indispensable. Y el menor de sus problemas.

Moisés Naím es director de la revista de Foreign Policy. Se publicó este articulo en el diario español El País.

Monday, September 28, 2009

Sorpresa: ¡Irán miente!

Por Moisés Naím

Durante décadas un pequeño grupo de científicos defendió la idea de que fumar no dañaba la salud. Gracias a las dudas que estos científicos sembraron la industria del tabaco logró posponer las iniciativas destinadas a alertar a los fumadores de que el tabaco mata. Inevitablemente la verdad prevaleció y hoy ya nadie discute que el cigarrillo es nocivo para la salud. Finalmente, también nos enteramos que muchos de los científicos que defendían al tabaco eran en realidad mercenarios pagados por la industria del cigarrillo. Este debate entre científicos contribuyó a que millones de fumadores murieran. Muchos se hubiesen podido salvar si las políticas que hoy ya son comunes se hubiesen adoptado hace 20 o 30 años. Lo más triste es que los verdaderos expertos conocían los males del tabaco mucho antes de que la opinión publica y los políticos aceptaran que, en realidad, no había tal debate y que fumar era malo para la salud. La controversia provocada por los expertos a sueldo de la industria era tan solo una treta para ganar más tiempo y más dinero.

Lo mismo está pasando con Irán y su programa nuclear. La diferencia es que en este caso la controversia puede costar muchas más vidas de las que se cobra el tabaco.

Según el Gobierno iraní su programa nuclear solo tiene fines pacíficos: producir electricidad. Otros en cambio están convencidos que Irán está tratando de construir bombas atómicas.

El presidente Mahmud Ahmadineyad ha explicado que “nuestra religión nos prohíbe tener armas nucleares y nuestro líder religioso las ha prohibido”. Ahmadineyad también ha dicho que “la bomba atómica es un concepto del siglo pasado. Hoy no tiene aplicación alguna”. O sea, que no sólo su religión se lo prohíbe sino que, según él, las armas nucleares tampoco sirven para nada. Él lo que quiere es energía nuclear pacífica; paz y progreso para todos. ¿Cómo no estar de acuerdo con Ahmadineyad?

Hay muchos que apoyan a Irán en este sentido. Uno de ellos por ejemplo, es el presidente del Brasil, Lula da Silva. Después de reunirse con Ahmadineyad en Naciones Unidas, Lula explicó al mundo que su colega le había asegurado que el programa nuclear Iraní era sólo para usos civiles. Lula no sólo le creyó sino que además lo apoyó con gran entusiasmo: “Defiendo el derecho de Irán de tener energía nuclear”. Y Lula es tan sólo uno de muchos.

El pequeño detalle que seguramente ha irritado a Lula y Ahmadineyad es que los líderes de EE UU, Francia y Reino Unido revelaron la existencia en Irán de una planta secreta de enriquecimiento de uranio. La fábrica está dentro de una montaña excavada al interior de una base militar cerca de la ciudad sagrada de Qom. La planta es demasiado pequeña para producir electricidad pero adecuada para la producción del tipo de bombas que, según Ahmadineyad, están prohibidas por su religión. Las pruebas de los fines militares de esta planta secreta son tan contundentes que hasta convencieron de ello a los líderes de China y Rusia, aliados de Irán, que hasta ahora se habían opuesto a un aumento de la presión internacional.

Esto no quiere decir que el debate acerca de cuáles son los propósitos del programa nuclear de Irán se vaya a acabar. Para muchos éste no es sino otro caso en el cual las potencias mundiales inventan una excusa para agredir a un país que no acepta su dominio. Y que tiene mucho petróleo. Pero, al igual que los expertos que sabían que la controversia sobre los efectos del tabaco era una distracción artificial para ganar tiempo, los expertos en materia nuclear —de diferentes países e ideologías— se desesperan cuando uno les pregunta si es verdad que Irán no está buscando tener bombas atómicas. Entre quienes saben de eso no hay dudas. Como no parece tenerlas el jefe de Gabinete del ayatolá Alí Jamenei quien acaba de anunciar que “Dios mediante, la nueva planta pronto comenzará a operar y cuando eso ocurra va a enceguecer a nuestros enemigos”. No pareciera que esté pensando cegarlos con luz eléctrica.

La manera en que el mundo reaccione al programa nuclear de Irán va ser muy importante para todos. Aún para quienes viven muy lejos de ese país. El día que Irán tenga la bomba, Arabia Saudí, Egipto, y otros países de esa volátil región se verán obligados a tener la suya. Y mientras más países tengan bombas atómicas mayor es la probabilidad de que sean usadas o vendidas o donadas a quienes la quieran hacer estallar en alguna gran ciudad. Ese no es un mundo en el que usted quiere vivir. Y sobre eso no debería haber debate.

Moisés Naím es director de la revista de Foreign Policy. Se publicó este articulo en el diario español El País.